Sustentabilidad desde lo local
La sustentabilidad suele percibirse como un asunto de cumbres internacionales y de estadísticas planetarias; el cambio climático como un fenómeno remoto, tanto en el tiempo como en el espacio; la pérdida de la biodiversidad como una situación ajena a la vida cotidiana; la transición energética como un complejo desafío tecnológico —que, en México viene, además— con una alta carga ideológica. Sin embargo, la sustentabilidad no solo deambula en el escenario internacional, sino que se consolida, o se frustra, en el espacio habitado; en el ámbito local. La sustentabilidad no es un concepto abstracto, es una práctica concreta que, en lo público, se materializa —o no— en normas, presupuestos, políticas públicas, inversiones en infraestructura e, incluso, en permisos y licencias.
La emergencia de una idea
El tratamiento de la situación del medio ambiente osciló, por décadas, entre la acusación y la utopía; denunciar la degradación y fantasear con otro mundo posible. Sin embargo, el desafío es más complejo; se trata de gobernar la transición hacia la sustentabilidad, lo que implica tomar decisiones concretas, con recursos limitados, información en evolución y contextos socioeconómicos específicos, dirigidas a la compleja tarea de equilibrar crecimiento económico con conservación ambiental, inversión con equidad, e infraestructura con resiliencia.
Así, la sustentabilidad no una entelequia o una idea difusa, es un modelo para el diseño, implementación y evaluación de políticas públicas, marcos normativos, planes e inversiones, en el que confluyen no solo los componentes estrictamente ambientales, sino también los económicos, sociales y políticos; en el que se reconoce que no solo el territorio tiene límites, sino que también los tienen tanto los recursos y la información disponibles, como el tiempo en que aquellas deben llevarse a cabo, y en el que el derecho no es un obstáculo para su desarrollo, sino una herramienta para orientarlo con responsabilidad.
La mirada local
Es, precisamente, en el ámbito local en que se manifiestan con mayor claridad esas tensiones entre crecimiento y conservación, en donde se evidencian los conflictos entre el corto y el largo plazo, entre el interés privado y el bien común, entre la urgencia política y la responsabilidad intergeneracional; pero también es en donde existen mayores posibilidades de diálogo democrático, participación social e implantación de soluciones innovadoras basadas en la naturaleza y adaptadas a cada territorio.
La sustentabilidad desde lo local importa mirar al futuro desde cada localidad, con sus características económicas, sociales, políticas y ecosistémicas específicas, con las fortalezas, debilidades, certezas y contradicciones que le son propias a cada comunidad; ello implica dejar de ver a los municipios y a sus gobiernos como los últimos eslabones de la política pública, sino como el espacio en el que no solo ésta se concreta, sino en donde dicha política cobra sentido. La sustentabilidad es, en buena medida, el resultado de las decisiones, públicas y privadas, que se toman en cada territorio sobre la manera que se distribuye el agua y se gestiona su saneamiento, se aprovechan y disponen los residuos que se generan en la localidad, se produce y se consume la energía, se asignan y controlan los usos y destinos del suelo, se diseñan y operan las obras de infraestructura, se regula la emisión de ruido o de gases contaminantes, se conservan los ecosistemas naturales y se planifican las áreas urbanas. A fin de cuentas, es en el ámbito local en donde las leyes y los planes dejan de ser textos, buenas ideas y mejores intenciones, para traducirse —o no— en calidad de vida para las personas.
En ese proceso, el municipio —esa instancia frecuentemente subestimada— es, en realidad, un auténtico laboratorio democrático, en el que, si bien, se evidencian las carencias estructurales, las capacidades técnicas limitadas, los marcos regulatorios desactualizados, así como las presiones políticas y económicas, también es ahí donde se materializa la participación social, el diálogo democrático, la transparencia y la rendición de cuentas. El futuro no se decreta, se diseña y se construye; es producto de la capacidad de pensar el desarrollo con responsabilidad, y su primer paso se da en el espacio más cercano, en cada ciudad y en cada municipio.
Derecho al mañana
En tiempos de polarización y desinformación, conviene abonar cierta mesura y lucidez en el abordaje público sobre el futuro común. La sustentabilidad no pertenece a una ideología, es una responsabilidad compartida; no es una moda, es una condición para la sobrevivencia de la especie humana; tampoco es un lujo, es una necesidad cada vez más apremiante.
Con tales propósitos en mira, esta columna —denominada “Derecho al mañana”, con una doble acepción, tanto como prerrogativa subjetiva por un mejor porvenir, como proyección de la ciencia jurídica hacia el futuro— pretende dilucidar, con mirada crítica, pero ánimo propositivo, los diferentes temas inherentes a la “sustentabilidad desde lo local”, como el ordenamiento del territorio, el cambio climático, la gestión de los residuos, la conservación de áreas verdes y espacios naturales, la movilidad urbana, la calidad del aire, el aprovechamiento de energías limpias, las finanzas verdes, la contaminación sonora y lumínica, la diversidad biológica, el ahorro y uso eficiente del agua y de la energía, así como la gobernanza metropolitana, entre otros, en el entendido de que cada tópico es una pieza del gran rompecabezas sobre cómo proyectar y desarrollar comunidades más resilientes y sustentables.
Comentarios
Publicar un comentario